Nací y me crié en una casa de burgueses. Mis papás no habían tenido infancias sencillas y por eso se dedicaron a revertir esa historia y, bueno, una clase media trabajadora que se podía profesionalizar, siendo los primeros profesionales de primera generación de profesionales de la historia de su familia, lograron a través de la educación cambiar el destino mío, cómo me podían presentar al mundo, cómo yo me iba a poder parar frente al mundo.
Tuve una niñez privilegiada en donde el juego y la fantasía creó y sigue recreando imágenes de posibilidades y de mundos miniaturas que me causan placer, dentro de los cuales me causa placer hurgar. Habitar durante esos instantes en donde uno entra. A veces entro de forma espontánea, no es algo planificado.
Esta infancia que me forjó con una identidad libre, feliz, divertida, también hizo que tomara conciencia, en cierto momento de mi vida, de una particularidad o de las particularidades que me definían, pero una de ellas estaba expuesta frente al mundo. Y lo que suele ocurrir cuando una particularidad es literal es que las personas que tuvimos la oportunidad de crecer en entornos en donde nos pudimos desarrollar identitariamente, no tengamos como esa etiqueta que es lo primero que se ve.
Entonces, a mí nunca me pesó, porque yo viví y me crié en un entorno de mucho amor y de mucho valor, tener una portada, como la tenemos todos. Quizás mi portada era más visible y siento que no tomé conciencia nunca de forma negativa acerca de esto.
A partir del paso del tiempo, yo fui experimentando momentos y situaciones de muchísimo dolor que fueron un poco maleando mi umbral también. Yo creo que en mi adolescencia yo, por primera vez, relacioné mi dolor físico con el dolor del alma. Y hasta ese entonces esas dos partes estaban separadas. Yo podía sostener un cuerpo sin que me pesara el alma.
A lo largo de los años yo me fui desarrollando por intereses y con total libertad. Siempre fui un poco la oveja negra de la familia, siempre fui muy bochinchera y mi lado artístico siempre afloró, mi lado más de expresión artística siempre estuvo como prioridad para mí.
De alguna forma, fui tomando decisiones como joven adulta que me fueron acercando a una introspección que podía analizar la materia, la colorimetría, la forma, la tridimensión, el pensamiento, la magia de los sueños como mecanismo para vivir. Ahí es cuando yo encontré en la carrera de diseño textil y de indumentaria el mecanismo a través del cual podía expresarme mejor.
Parte de mi despertar transformador fue conocer a Victoria Ocampo. Me pareció siempre, a partir de ese momento, no puedo dejar de pensar en ella como alguien que admiro, como una mujer fascinante que se encargaba de incubar ideas, ambientes propicios para lograr cosas, en comunidad.
Hacerme cargo por primera vez de algo propio fue mi enfermedad. Hacerme cargo de mi enfermedad y buscar la manera de cambiar mi realidad, obtener una respuesta y surtir efecto me devolvió la felicidad, me devolvió la vida, la energía y creo que a partir de ese momento, con cada capa de la vida íntima, yo pude hacerme cargo de un montón de decisiones que tenía que revisar.
Y bueno, una de esas fue la de volver a lo que me hace feliz y en donde brillo más, que es el arte textil.